Ayer, víctima del sismo de 1985; hoy, destacado cirujano plástico

Por Rommel García Beristain. Corresponsal

Tijuana, 19 Sep (Notimex).- Largas fueron las alrededor de 90 horas, casi cuatro días de pesadilla, que Francisco Bucio pasó bajo los escombros tras el sismo del 19 de septiembre de 1985 y a 30 años del suceso es un exitoso médico especializado en cirugía plástica, estética y reconstructiva.

A tres décadas de distancia, Bucio rememoró la vivencia del sismo, especialmente porque como consecuencia de los derrumbes, perdió cuatro dedos de su mano derecha, la de la destreza para una profesión como la suya.

En su charla con Notimex, el especialista habló de esos momentos críticos, pero también de cómo su colega y maestro, Harry Buncke, le reconstruyó la mano y la confianza de trabajar en la profesión en la que se había preparado como estudiante de la UNAM.

Sentado en su consultorio en las llamadas Torres Gemelas, edificios réplica de los de Nueva York pero en menor tamaño, el doctor echó a andar su memoria y se “trasladó” al edificio de cirugía estética del Hospital General, donde hacía su residencia.

Jueves 19 de septiembre, las 07:17.47 horas, un sismo de 8.1 grados en la escala de Richter despierta a los habitantes de la Ciudad de México; otros, ya despiertos o sin dormir, viven el drama propio de un movimiento telúrico de esas dimensiones.

Ahí en el edificio de residencia de cirugía plástica del Hospital General está Francisco Bucio, junto a él, sus amigos y compañeros de profesión Angel y Armando, ellos, que no sobrevivieron al derrumbe del inmueble y sus cuerpos quedaron ahí.

Francisco y sus compañeros habían estado de guardia la noche anterior y se aprestaban para darse una ducha, desayunar e irse a la residencia, pero sus planes no prosperaron: el movimiento telúrico no les dio tiempo para eso. En la mente está fresco.

Creyeron que era uno más de los frecuentes temblores que los distritenses viven, pero se dieron cuenta que este era distinto, de pronto “se puso más fuerte, de repente se sacudió el edificio, se torció, un ruido tremendo y se desplomó todo el edificio”.

“Mi amigo (Angel), desafortunadamente falleció. Otro amigo que estaba en el baño, se me olvida Armando, se quedó ahí. Angel que estaba frente de mí, fue la última persona que yo vi, era mi mejor amigo y ahí se quedó”, dice en su plática con Notimex.

“Todo fue oscuridad, el pánico, la desesperación, el susto y todo en la oscuridad, no entendíamos bien lo que había pasado. Supimos que se había caído el edificio, pero la magnitud no la sabíamos, parecía que se había destruido toda la ciudad”, recordó.

Cuando ya se calmó un poquito y dejaron de oírse algunos ruidos, “trate de acomodarme y me di cuenta que mi mano no la podía mover, sentía todos los golpes, también tenía golpes en la cara”.

Trató de mover su brazo y no pudo, “y pues empecé a jalarlo desesperadamente y me di cuenta que estaba completamente aplastada la mano, ahí fue donde entró el pánico”.

Como su especialidad era la cirugía de mano, “me di cuenta que al estar ahí atrapada más de dos horas iba a perder la mano”.

Ese fue el peor momento, básicamente “pues porque me di cuenta que todo lo que había estudiado, la carrera, lo que llevaba de la especialidad, ahí se acababa aparentemente, porque iba a perder la mano”.

Luego vinieron las pesadillas, además de saber, como médico que era, que la situación estaba complicada, y despierto, “sabía lo que me estaba pasando, deshidratado, me iban a fallar los riñones, los ojos ya no tenía lágrimas y la mano, estaba perdida”.

“Me imaginaba todo lo que iba a pasar, sobre todo perder mi mano, que era lo más importante para mí, mi carrera como cirujano”, dijo mientras voltea a ver su mano derecha, reconstruida y con la destreza para ejercer la profesión para la que se preparó.

De cualquier forma, estaba consciente de que “si se aplastan los músculos, las proteínas se te van al riñón y te lo tapan, más la deshidratación, más probable infección por la misma gangrena, Todo eso te imaginas, si”.

Y mientras se mantenía despierto, llevaba la cuenta de las horas por un antiguo reloj, que cada 12 horas, a las 07:30, sonaba su alarma “como fueron muchas horas, muchos días, yo quería que me sacaran y me dieran una coca cola”.

Y cuando conciliaba el sueño, “ya tenía una pesadilla. Las pesadillas fueron muy interesantes, todo lo que te imaginas, los ríos secos, te imaginas que eres un personaje, que estas en un parto y tratas de salir, de renacer”.

Y luego vino el periodo del tedio, guardando la respiración para tener la certeza de que había ruidos, en respuesta a los que él hacía cuando golpeaba una piedra que le quedó a la mano. Pero nada, ni una respuesta y las horas pasaban y pasaban.

“Muchas horas y horas, que pasaban y pasaban, la incomodidad, por la cara abierta hasta el hueso, si volteabas a un lado te lastimabas, si volteabas al otro respirabas el polvo, y (además) acostado sobre piedras”, recordó.

Entonces, empezó a oír ruidos, “se oía gente que se acercaba y empezabas a comunicarte, pasa un rato y no había nada. No sé a las cuantas horas empezó a haber movimiento de maquinaria”.

Muy cerca estaban sus hermanos, quienes nunca cejaron en sus intentos por buscarlo, “habían hecho un hoyo, creo que fueron los primeros topos” y con ellos “un chaparrito que era luchador, se metió por todos los recovecos”.

“Cuando te encuentran, estás muy lastimado y alucinando por la deshidratación”, relató al recordar que fue su hermano Rodolfo quien lo encontró, “me despertaron de mi estupor, estoy bien, tráiganme una coca, les dije tómense su tiempo, y ellos me decían si, si, si”.

Hasta les dijo, “ustedes ¿no vieron la película Atrapados sin salida? Porque decían que no podían darme la coca cola”.

“Les dije, agarras un frasco de suero, le sacas el suero, le echas la coca cola y me la das con el tubo, como en la película. Así a los loquitos le daban whisky, a mí me das coca cola”, pero no se la dieron en ese momento.

Les concede razón: “Tenían miedo que me fuera a vomitar y morirme ahí”. El debate era que los rescatistas querían cortarle para desatorarle el brazo, se veía atrapado, y decían “vamos a tumbarle el brazo”.

Pero sus hermanos tenían otro argumento: “Ya estamos aquí, vamos a sacarlo bien. Metieron las plumas para levantar los pisos de arriba, entró mi hermano y me sacaron”.

Luego del esfuerzo y propiamente cuando los trasladaban, le dieron suero y lo vomitó, y entonces ocurrió lo que había esperado desde un principio “me dieron mi coca, ya era de madrugada. Después de cuatro días, ya no me importaba, dije ya estoy vivo, vámonos”.

Durante esos casi cuatro días, había pensado en desistir de ser cirujano, incluso ya liberado de los escombros. Él había perdido cuatro dedos de la mano que tenía la destreza. Se iría a Cancún y allá, a los pescadores, daría consultas como médico general.

Pero la vida le tenía otro derrotero, era un sobreviviente, y “que uno siempre tiene que sacarle ventaja a lo que eres. Creo que sí puedo”, se dijo, y aunque él perdió cuatro dedos “tuve compañeros que se suicidaron, que no tuvieron la esperanza de salir”.

Y entonces ocurrió el milagro, “tuve la suerte de haber conocido al mejor cirujano del mundo, me hizo una cirugía que él fue el que la inventó, el padre de la microcirugía”.

Ese médico era el estadunidense Harry Buncke, quien había sido su maestro, “me hizo un trasplante de los dedos de los pies, hace treinta años no era tan frecuente que se hiciera. Me operó varias veces en un hospital privado y no me cobró ni un quinto”.

No sólo lo intervino quirúrgicamente, Harry Buncke platicó con Francisco Bucio y le dio ánimos para retomar la profesión para la que había estudiado. Además, tomó una especialidad y llegó a hacer microcirugía, aunque no se dedica a este ramo.

No obstante los ánimos de su maestro y amigo, el retomar la profesión fue difícil, pues con dos de sus dedos de los pies injertados en su mano derecha, pocos, incluso colegas, le concedían posibilidades de dedicarse a la profesión.

“Fue muy difícil regresar, no creas que los jefes te dicen, qué bueno que ya estás bien, tenía que demostrar que sí podía. Esa fue la parte más difícil. Pero también hubo gente que me apoyó, cuando demostré que podía hacerlo, óadelante!”, dijo.

No obstante, siempre ha habido gente “como que duda, o habla de ti, ese doctor tiene los dedos medio chuecos ¿a poco te va a operar? Pero vas haciendo tu propio prestigio” y en sus 25 años en Tijuana, ha efectuado “miles de cirugías”.

De ningún modo le teme a la competencia, “pero no me puedo dar el lujo de fallar”, porque una falla en él, “significa que ese médico tiene los dedos chuecos”.

“Eso es lo que hago, bustos, orejas, nariz, cara, párpados, pompis. Yo mismo me puse esa meta: tengo que ser el mejor que los demás, me considero mejor que la mayoría”, porque considera que “no todo está en la mano, todo está acá arriba (en la cabeza)”.

Lamentó que actualmente haya muchos charlatanes, “pero yo compito con los buenos. Me da orgullo que estoy en el juego, en la especialidad más demandada, ahora todo mundo quiere ser cirujano plástico” y algunos toman cursos hasta por internet, completa.

Su clientela es mayormente mexicanos residentes en Estados Unidos, pero también vienen de Tijuana, Rosarito y Ensenada, “como estás en Internet, todo mundo tiene un familiar en Tijuana” y su prestigio se difunde, principalmente, de boca en boca.

Resaltó que la cultura de la prevención, en cuanto a los sismos, debe ser prioridad de las autoridades, principalmente entre los alumnos de educación básica, que aprendan que es lo que se tiene que hacer en caso de un siniestro.

Pero también, que los que vayan a edificar, sigan los códigos de construcción, porque desde su apreciación, esa fue la principal falla en su caso, pues el sismo lo sorprendió en un inmueble que no reunía las condiciones para operar como hospital.

“Una construcción pésima, hubo negligencia, sabiendo que estaba dañado”, dijo, y recordó que a propósito, cuando el edificio se cayó, sus amigos ingenieros le dijeron que aquellas parecían vigas de cualquier edificio “de Iztapalapa”.

Al paso de los 30 años desde aquel 19 de septiembre, a Francisco Bucio Montemayor le queda claro que la vida le dio una oportunidad que él ha sabido aprovechar y de ningún modo olvida aquella anécdota del refresco de cola y que finalmente consiguió beber.

NTX/RGB/CRA/VGT/SISMO15

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