Evolución y retos de El Corchito, un paraíso ecoturístico de Yucatán

Progreso, Yuc., 29 Nov (Notimex).- La crisis henequenera que derivó en la migración de miles de campesinos a la actividad pesquera motivó a un grupo de pescadores a concentrar sus esfuerzos en el ecoturismo, lo que favoreció el rescate y conservación de uno de los parques más emblemáticos del estado El Corchito.

Los estragos que provocó en el sitio el huracán Isidoro en 2002 y lo que consideran una férrea regulación ambiental, no han sido motivos para desalentar el esfuerzo de un pequeño grupos de hombres y sus familias para “levantar” El Corchito.

Ubicado en las inmediaciones a la entrada del puerto de Progreso -a 36 kilómetros de la capital yucateca-, El Corchito es un espacio para el recreo, donde los visitantes pueden disfrutar de la naturaleza y nadar en sus cuatro afluentes de surgentes aguas cristalinas.

Un mapa descolorido que contrasta con la brillantez del sitio indica los cuatro cenotes en los que es posible bañarse, como “Venados”, el más alejado y solitario; “El Corchito” con el que se da nombre a todo el sitio y que debe su nombre a una mata de corcho; “Helechos” y por último “Páaros”, al que acuden las aves a beber.

El mangle en todos sus colores, blanco, rojo, negro, se levanta varios metros por encima del visitantes que puede andar por caminos blancos o “sacbés” creados por el hombre junto a canales de agua dulce color ocre, que en su paso por el sitio se convertirán en agua cristalinas, vital para dar continuidad al ciclo de la vida en el mar.

Modernas lanchas esperan en el embarcadero para cruzar del parador turístico del Patronato de las Unidades de Servicios Culturales y Turísticos del Estado de Yucatán (Cultur) al área, travesía de apenas unos minutos, durante los cuales es posible ver el vuelo del flamenco rosa que anida muy cerca del sitio.

La belleza del paisaje del sitio, que se acompasa con el cantar de aves canoras como el cardenal, se remonta a 1990, dos años después del paso del huracán Gilberto de 1988 y a la crisis henequenera que llevó al cierre de la principal planta desfibradora y comercializadora de la fibra -Cordemex- en 1991.

Socio fundador y representante de la Sociedad de Solidaridad Social El Corchito, Jorge Alberto Casanova Dzul, evoca los esfuerzos para convertir ese sitio en una opción de vida para poco más de 20 familias que vislumbraban una saturación de la actividad pesquera y una crisis de la misma.

“Creamos este parque pensando en que el gobierno del estado dejó de mandar henequén a otros lugares y todos los que estaban dedicados a trabajar el henequén vinieron al puerto para tratar de buscar el sustento, pero se metían al mar y la inquietud es que el mar no daba para todos”, dijo.

En 1990, a dos años de que pasó el huracán Gilberto, entramos para ver que quedaba de El Corchito, porque ese espacio existe desde que se fundó Progreso, porque de aquí se abastecía de agua para las casas, relató.

“Cuando entramos, vimos que si se podía trabajar en ese lado y pensamos que con ello, cuando haya nortes, cuando haya cualquier tempestad en el mar, aquí podemos trabajar sin que nos molesten”, indicó.

“Desde 1990 estamos trabajando y en 1992 fuimos a pedir permiso a Semarnat y nos dijo: a cuatro personas no les puedo dar el permiso, que formen una agrupación y nos formamos en una asociación triple S, Sociedad de Solidaridad Social El Corchito y entonces nos dieron un permiso por 99 años”, señaló.

Sin embargo, continuó, “este logro se vería acompañado de mucho trabajo y sufrimiento”, pues “nos dijeron: no hay recursos para ese rubro, que trabajen con sus propios recursos. Y entonces empezamos a desmontar todo lo que daño el huracán”.

“En ese tiempo las panaderías usaban leña y entonces nosotros le dábamos leña a las panaderías por una cierta cantidad de dinero y cuando llegaba la semana ya teníamos para llevar sustento a la casa. Después empezamos a meter un poquito de gente (al sitio y cobraban) que cinco pesos, que 10 pesos”, refirió.

Empero, cuando empezaban a ver la recompensa de su esfuerzo pues “ya teníamos el 40 por ciento hecho, es cuando vino el huracán Isidoro -en 2002- y nos volvió a enterrar otra vez y volvimos a ser tercos, logrando dejarlo como está ahora”, apuntó.

Casanova Dzul recordó que el número de socios que iniciaron con el proyecto fueron 23, “pero por malos manejos de los otros, los fueron eliminando por la Reforma Agraria y quedamos 19. De los 19 en la sociedad todavía existimos”.

Sin embargo, las dificultades propias de la regulación ambiental, los conflictos entre socios y varias dificultades financieras provocaron que, según dijo, cedieran su administración al gobierno del estado, en específico al Patronato Cultur y ahora sean “guardabosques del parque”.

“Ahora, aquí en Cultur, somos 13 y esto es porque los demás tienen trabajo, pues no necesitaron trabajar acá, pero nosotros, como éramos los que estamos trabajando, nos dieron una plaza para trabajar”, indicó.

Y es que el pase en lancha y la visita al sitio es de apenas 30 pesos por persona para el caso de adultos, lo que ha favorecido que “en los periodos de turismo, de temporada alta, como julio y agosto, tenemos aquí un balance de cerca de mil personas a la semana”, reportó.

Por su parte, el administrador del parque El Corchito, Ricardo Martínez Alcocer, quien además se crió en la costa norte de Yucatán, recordó que desde muy pequeño -hace 60 años- se sabía del sitio, incluso visitarlos era una “misión de scouts”.

“Este es un parque que tiene muchísimos años y desde hace 25 ésta gente lo ha estado trabajando y lo han mantenido con los sacbés que están aquí y los andadores, protegiendo los ojos de agua, que no son más que cenotes, pozos surgente de donde salen bocanadas de agua dulce que alimentan canales y todo alrededor”, anotó.

Reconoció su importancia turística y resaltó su valor ambiental, “vital para la biosfera. Es una reserva natural que debemos conservar a como dé lugar. Invitamos a la gente que lo conserve y cuando entra le damos recomendaciones pertinentes de respeto al área”.

Aquí, siguió, están todo tipo de manglares, rojo, blanco, negro, todos protegidos por la ley. “Aquí puedes encontrar aves, reptiles, mamíferos como coatís y mapache que conviven con la gente”.

Martínez Alcocer enfatizó que “aquí la fauna y la flora son algo especial y la biodiversidad da la oportunidad de tener una relación estrecha con la naturaleza”.

Una manada de mapaches es la sensación del sitio, mientras “solovino”, el perro de uno de los guardabosques, trata sin éxito de defender su espacio ante un coatí que defiende “su derecho” a husmear en las bolsas de los visitantes en busca de alimentos.

Alumnos de escuelas primarias o bachilleres que han decido “tomarse el día” para estar en contacto directo con la naturaleza recorren el sitio y acuerdan volver con más de sus compañeros, pues el paseo “vale la pena”.

Y es que el mayor deseo de guardabosques y del administrador del parque es que muchas más personas puedan conocer el sitio que, además de ofrecer seguridad y tranquilidad, es una alternativa para aislarse de la complicada vida en las ciudades.

Aunque la mayor parte de los visitantes son nacionales, otro reto de quienes procuran el cuidado del parque es poder atraer el interés de los cruceristas que llegan al puerto de Progreso.

La realidad, indicó Martínez Alcocer, es que vienen pocos extranjeros y eso que aquí, muy cerca de la costa de Yucatán, de Uaymitún a Progreso, hay mucho canadiense radicado.

“Nos hace falta una estrategia de información al público, con trípticos que tengan fotografía que den una idea de lo que es El Corchito y de sus maravillas”, planteó, mientras tilapias “tigre” y una solitaria tortuga nadan en un canal de aguas ocre que avanzan a los cenotes como deseosas de alcanzar el estatus de cristalinas.

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