VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DEL MENSAJE DEL CONSEJERO PRESIDENTE DEL INSTITU

México D. F., a 25 de noviembre de 2015

VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DEL MENSAJE DEL CONSEJERO PRESIDENTE DEL INSTITUTO NACIONAL ELECTORAL, LORENZO CÓRDOVA VIANELLO, DURANTE LA INAUGURACIÓN XVII CURSO INTERAMERICANO DE ELECCIONES Y DEMOCRACIA CON EL TEMA “DEMOCRACIA Y VIOLENCIA: DE LOS ANTIGUOS A LOS NUEVOS DESAFÍOS EN AMÉRICA LATINA”

Muchísimas gracias y muy buenos días tengan todas y todos ustedes.

Es un placer para mí poder acompañar este esfuerzo conjunto que tanto la Procuraduría General de la República a través de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales, como el Centro de Asesoría y Promoción Electoral del Instituto Interamericano de Derechos Humanos han construido en esta ya XVII edición de este curso.

Es de veras un privilegio poder estar aquí y poder acompañar este evento inaugural.

Quiero también, y concretamente, ya personalizando no solamente a las instituciones, agradecer en específico a los titulares tanto de CAPEL, doctor Salvador Romero, como al titular de la FEPADE, al doctor Santiago Nieto. Entrañables amigos y además compañeros de causa en los trabajos de promoción de la democracia y la consolidación de los sistemas electorales en nuestro Continente.

Una de las grandes virtudes de los sistemas democráticos es que cuenten con instituciones y procedimientos que permitan a actores y partidos dirimir sus diferencias de manera pacífica. Ese es el elemento distintivo de un sistema democrático.

El poder civilizatorio de las democracias depende de la solidez, actualización y credibilidad del andamiaje electoral. No se agotan las democracias como suele decirse en su dimensión estrictamente electoral, pero sin la dimensión electoral las democracias representativas modernas no tienen esa base que les permita consolidarse como tales, de ahí que al término de las elecciones, las autoridades electorales, académicos, especialistas y legisladores solemos impulsar y participar en encuentros, foros o espacios de intercambio como el curso que hoy nos convoca para debatir y eventualmente actualizar los procedimientos empleados en arbitrar la competencia por el poder político.

Hay pocas áreas de la vida social que tienen un dinamismo y una vertiginosidad en términos de los cambios y de las novedades como el ámbito político electoral, y desde ese punto de vista, al cabo de cada una de las pruebas del ácido de los sistemas electorales que son las mismas elecciones, hacer una pausa, un corte de caja, y un balance para poder iniciar un aprendizaje institucional y repensar si el futuro resulta indispensable.

Los alemanes suelen decir, que las reformas electorales son reformas interminables, y esto es cierto en muchos sentidos; no estoy cierto que el sistema electoral tenga que refundarse al cabo de cada elección, pero sin lugar a dudas el término de una elección, el diagnóstico de lo ocurrido y el trazar rutas de desarrollo futuro constituyen, y que se puedan traducir en eventuales ajustes a las normas electorales, siempre es una práctica sin duda venturosa y más debería decir incluso necesaria.

Lo ideal en un sistema electoral, la columna vertebral de un sistema electoral tiene que ver con la certeza. Y esto implica que las reglas del juego democrático, las reglas que inevitablemente tienen que gozar de un amplio consenso político sean no solamente conocidas, sino reconocidas y aceptadas por todos los jugadores de ese juego.

Y en ese sentido, plasmar esos consensos, recrear el acuerdo político fundacional de la democracia en una permanente adecuación de las reglas que regulan y que rigen el juego democrático, como decía, me parece que es fundamental.

Esta práctica de debatir el funcionamiento de la democracia se ha enraizado ya profundamente en América Latina, como lo demuestra el hecho de que estemos ante la décimo séptima edición de este curso-taller.

Desde hace dos décadas con el apoyo entusiasta de organizaciones multilaterales y regionales como CAPEL, institución como saben coorganizadora de este evento, UNIORE y la OEA entre otras, los latinoamericanos hemos creado un verdadero circuito de colaboración y de cooperación técnica internacional para enriquecer la vía democrática y fortalecer los sistemas electorales de nuestros países.

En este acto temporal las principales preocupaciones y prioridades, tanto de los legisladores como de las autoridades y especialistas se han venido modificando. Al principio la debilidad de las todavía incipientes, de las nuevas y jóvenes instituciones democráticas y la también incipiente competencia electoral destacan los riesgos de regresiones autoritarias y la importancia de la legalidad de los procedimientos en las contiendas, así como de garantizar la importancia de la igualdad del voto y la participación política de los ciudadanos con libertad y seguridades para su integridad.

Posteriormente, conforme se fueron consolidando los derechos fundamentales, y en particular los políticos en nuestras democracias, las preocupaciones se trasladaron hacia garantizar condiciones de equidad en las contiendas, al financiamiento, a la fiscalización de los recursos invertidos en las campañas, y al acceso a los medios de comunicación.

Más recientemente, el debate de la vida democrática ha estado marcado por la calidad de las elecciones, por la transparencia del trabajo de las autoridades electorales y el manejo de los resultados de los comicios, así como los factores, los otros factores que contribuyen a consolidar, a construir lo que crecientemente ha venido definiéndose como integridad de las contiendas electorales.

Lo mismo ha sucedido con las distintas formas de violencia en el ámbito electoral. Y esto en perspectiva es muy claro que también los factores de la violencia se han transformado. De hecho desde mi perspectiva algunos incluso se han sofisticado y han surgido otros como resultado, en gran medida, de la todavía incipiente cultura política de nuestras sociedades democráticas.

No es que las prácticas de compra y coacción del voto que son una realidad en mayor o menor medida en prácticamente todos los sistemas democráticos del mundo, hayan desaparecido, sino que a esas se han agregado otras, como las limitaciones para la participación paritaria de las mujeres en las candidaturas, es una forma de violencia política. Las amenazas de la delincuencia o que el crimen organizado plantean a los candidatos para que desistan, o incluso las agresiones físicas para quienes participan en la organización de las elecciones o en los actos de campaña.

De ahí, la necesidad de analizar en un curso como éste las diferentes manifestaciones de violencia que se padecen, que se presentan en la recreación periódica de las democracias latinoamericanas plasmadas en sus comicios.

Concluyo con una reflexión sobre la cultura cívica, ya que en mi opinión es un tema que constituye, que sigue constituyendo una asignatura pendiente en nuestros sistemas democráticos y que se vinculan enormemente con las prácticas políticas de ciudadanos, candidatos, partidos y actores políticos, y particularmente por lo que hace al tema objetivo de este curso.

La violencia no depende, evidentemente, las distintas formas de la violencia política no dependen evidentemente, digamos, no dependen solamente de cuestiones de los actores de la misma violencia, es decir, no podemos ver, dicho en otras palabras, el tema de la violencia política como un tema de actuaciones, miradas a obtener determinadas, a cosas indebidas, orientadas a obtener determinados resultados.

Al menos no podemos verla solamente desde un punto de vista, de la criminalización o de la sanción de las distintas formas de la violencia política.

La mejor manera, pero esto lo enseña la construcción de las democracias constitucionales modernas en los últimos dos siglos, por lo menos, la mejor manera de combatir las formas de violencia es blindando desde un punto de vista, de los principios y valores de las prácticas cotidianas en la sociedad, de modo tal que éstas, las sociedades mismas se vuelvan refractarias a las distintas formas de violencia.

Por supuesto, que un ejercicio indebido de las distintas formas del poder que se traducen en limitaciones de libertades de otros, deben tener alguna traducción normativa que las tipifique como conductas indebidas y que cree mecanismos de eventual sanción.

Pero la mejor forma de combatir los distintos tipos de violencia política que se han instalado entre, en nuestras democracias, pasa por una profunda transformación cultural, en términos de cultura cívica, de cultura democrática que vuelva a nuestras sociedades impermeables, o en todo caso refractarias a las distintas formas de violencia.

En las últimas dos décadas que han consolidado el voto como instrumento para determinar a quienes integrarán a los órganos de representación del Estado en cada una de nuestras naciones, priorizamos el perfeccionamiento de los procedimientos y la evolución de las instituciones y me parece que no hemos puesto el enfoque como lo deberíamos haber hecho en la importancia de modificar las prácticas y las percepciones que los ciudadanos tienen no solamente sobre las instituciones, sino sobre los distintos modos, déjenme decirlo así, de hacer política.

Este desfase entre la cultura cívica y la evolución democrática, me parece que aparece de manera muy emblemática plasmado en el último informe, en el informe 1995-2015 de Latinobarómetro.

De acuerdo con este documento, nuestra región es la más insatisfecha del mundo con las democracias, ya que el promedio de insatisfacción en Asia es del 70%, en Europa del 59%, en África del 49% y en América Latina apenas promedia el 37%, por no hablar dentro del contexto latinoamericano del caso mexicano que encara una profunda paradoja, pues es el país, me atrevo a decirlo sin medias tintas, el Salvador es el experto comparatista, pero creo que no me dejara mentir, el que mayores inversiones y no hablo solamente de inversiones económicas, sino hablo de inversión política, inversión de capital humano, se han hecho en la construcción de nuestro todavía deficitario e incipiente sistema democrático electoral.

Y, sin embargo, de acuerdo con el reporte de Latinobarómetro, México se encuentra a la cola de todos los países de América Latina en términos de la satisfacción con la democracia, con apenas un 19 por ciento.

Un 19 % que es prácticamente la mitad de la media en el Continente y peor aún es que este promedio ha bajado siete puntos porcentuales en solo seis años en el Continente.

Y nuestro caso, el caso mexicano, es un caso paradigmático en este sentido. Confío que en la medida que los ciudadanos se involucren más en la vida pública, para lo que se requieren mayores competencias y habilidades cívicas, se irán creando contextos de exigencia que presionarán a las instituciones, partidos y autoridades a elevar su estándares de eficiencia, vinculación y capacidad de respuesta a las demandas de la sociedad.

Pero también, estoy convencido que es la mejor manera, como decía, desde la perspectiva de la construcción de una sociedad comprometida con los valores y prácticas cotidianas de los principios democráticos, que podemos generar el mejor contexto de, como decía, de refractariedad a las distintas formas de violencia en el ámbito electoral.

Estoy seguro que fortalecer nuestra visión sobre los factores que motivan la violencia en estas materias contribuirá a la calidad de la recreación de la democracia y por ello celebro que se lleve a cabo este curso y agradezco la invitación que me permitieron, que me hicieron, para participar como colado en esta inauguración.

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