Salvarse dos veces del fusilamiento: una historia chilena de 1973

Por Julio Wright. Corresponsal

Santiago, 12 Sep (Notimex).- Los horrores que trajo el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 marcaron una huella a fuego en miles de chilenos que fueron detenidos y torturados por los militares en los primeros días de la dictadura (1973-1990).

La oficial Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura estableció en 2011 que 40 mil 018 personas sufrieron privación de libertad y torturas por razones políticas, por actos de agentes del Estado o personas a su servicio.

De ellas, tres mil 065 fueron muertos o desaparecidos entre el 11 de septiembre de 1973, cuando se produjo el golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, y el 10 de marzo de 1990, un día antes que retornara la democracia a este país sudamericano.

Manuel Antonio Maldonado Gatica, un dirigente campesino de la localidad de Lampa, en las afueras de Santiago, debería estar en esta última nómina, pero su deseo de esquivar a la muerte fue más fuerte y logró salir con vida de dos ejecuciones.

En los primeros días de la dictadura, Maldonado Gatica, entonces de 22 años de edad, fue detenido por efectivos del Ejército junto a su padre, Manuel Maldonado Miranda, y llevado a un cuartel militar en la localidad de Peldehue, donde ya estaban sus hermanos Víctor y Juan Domingo.

Manuel Antonio era militante del entonces proscrito Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), razón más que suficiente, según las autoridades militares de la época, para ser detenido y torturado en busca de “información”.

En entrevista con Notimex en el Estadio Nacional, donde estuvo detenido dos días, Maldonado Gatica recordó con bastante emoción los duros momentos que pasó tras el golpe contra Allende, y que marcaron hasta el día de hoy su vida.

“Nosotros llegamos con mi padre al cuartel de Peldehue, donde ya estaban mis hermanos, el 18 de septiembre de 1973. Ahí nos torturaron todo el día y al día siguiente me trasladaron junto a mis dos hermanos acá al Estadio Nacional. A mi padre lo fusilaron en Peldehue, tras lo cual botaron su cuerpo en una calle”, apuntó.

Indicó que el 19 de septiembre de 1973, cerca de la medianoche, los sacaron del recinto deportivo en un vehículo de la militarizada policía de Carabineros rumbo a una cancha de la llamada Rotonda Grecia, ubicada en el sector oriente de la capital chilena y no muy distante del Estadio Nacional.

“Íbamos cinco personas: yo, mi hermano Víctor, los hermanos Paulino y Juan Miguel Órdenes, y un caballero de edad a quien le decíamos ‘el viejo’ (Amalindo) Beiza. Cuando teníamos que salir, el motor de una ambulancia en la que nos llevarían no encendió, por lo que nos pasaron a un bus de Carabineros”, relató.

Su otro hermano, Juan Domingo, por alguna razón extraña fue salvado de la tortura en el Estadio Nacional por un anónimo militar que lo cambió de grupo de detenidos, aunque estuvo preso en una cárcel hasta mayo de 1974.

“Yo sabía que la cosa venía fea porque un carabinero le dijo a un guardia que salían en ‘misión especial’ y antes se había bajado un policía del bus diciendo que él ‘no se prestaba para esto’”, indicó.

“Le dije a mi hermano Víctor que algo teníamos que hacer para arrancar, pero él estaba mal, perdía la noción, hablaba en un idioma precioso que nunca había escuchado, hablaba que venía de otro planeta, de otros lugares, fue muy duro eso”, recordó en medio de la emoción de recordar a Víctor.

Apuntó que le dijo varias veces que los fusilarían y que debían defenderse, por lo que ya abajo del bus policial y en una fila india, lo tomó de la mano para iniciar la huida, pero él se la retiró con fuerza “para que yo me salvara, esa es la sensación que tengo”.

“Arranqué y sentí los disparos y gritos de las otras cuatro personas, incluido mi hermano. Ellos me disparaban, sentía que pasaban las balas pero ninguna me tocaba. Salté un muro de una construcción y corrí hasta que encontré a un guardia que me sacó por una puerta a la calle”, precisó.

Añadió que “seguí sintiendo disparos, por lo que corrí y me escondí en el jardín de una casa, mientras los uniformados, unos 20, me gritaban ‘cobarde’, ‘sal si eres tan hombre’”.

“Me quedé quieto y una vez que se fueron pedí ayuda en esa casa porque me querían matar y quería pasar la noche allí, pero el marido de la mujer que me atendió no quiso y amenazó con llamar a los policías”.

Manuel Antonio siguió corriendo y cruzó la Avenida Américo Vespucio en pleno “toque de queda”, que restringía la circulación de personas por la noche, y cuando no se veían vehículos militares en los alrededores. Sin embargo, al otro lado de la calle había miembros del Ejército que lo tomaron detenido tras pegarle un culatazo en el pecho.

“Me pegaron, me hirieron entero, me enterraron la bayoneta en las piernas, la clavaban y la giraban. Ahí le dije que me mataran, pero uno de ellos, que estaba a cargo de la patrulla, me dijo ‘yo no mato perros comunistas’ y le dijo a los conscriptos que me mataran, pero los chicos se pusieron a llorar y él los trató muy mal”, dijo.

Los militares, debido a que ninguno se atrevió a matarlo, lo llevaron a la Escuela de Suboficiales de Carabineros y desde ahí de regreso al Estadio Nacional, desde donde había salido unas horas antes rumbo a su ejecución en la Rotonda Grecia.

“Llegué al Estadio Nacional nuevamente y al rato aparecieron los que me tenían que matar. Se pusieron a revisar a los cientos de personas que habían llegado en las últimas horas y me reconocieron, me pegaron hasta que tuve que reconocer que era yo”, comentó.

La noche de ese día, tras amarrarlo “dedo con dedo” tras ser descubierto, lo despertaron a golpes y lo llevaron en un vehículo al Cajón del Maipo, en la precordillera de Santiago.

Recordó que “me soltaron las amarras porque uno de ellos me dijo ‘no queremos que nos traten de maricones porque te matamos con las manos atadas’. Me soltó las manos, me bajaron del vehículo y arranqué, pero uno de ellos me hizo una zancadilla y me agarró. Me llevaron a golpes y me obligaron a hincarme a orillas del río, mientras nos iluminaban con las luces del vehículo”.

“El pelotón estaba listo. Un militar tenía un sable para dar la orden y una persona reclamaba que porqué los matarían. Yo con eso ganaba tiempo para escapar, pese a que me golpeaban. No sabía dónde estaba, sólo escuchaba el ruido del agua y el viento. Me soltaron y, lo que nunca me he podido explicar, volé por sobre la gente e ingresé a la oscuridad de la noche”, evocó.

Al reconstruir la escena ante la justicia en 2007, constató que “volé 16 metros y caí sobre las piedras. Pensé que estaba muerto, que donde estaba era el cielo, pero tuve la fuerza de pararme y correr hacia el río” mientras los uniformados iniciaban la búsqueda para matarlo.

“El agua del río me sacó la ropa, dormí esa noche en la orilla y al día siguiente me desperté desnudo. Me regresé al lugar donde estaban los muertos y les saqué la ropa para vestirme y regresar a Santiago. Estuve casi un mes viviendo en forma clandestina y después me asilé, el 18 de octubre de 1973, en la embajada de Bélgica, país donde estuve 20 años y me regresé en 1993”, señaló.

De esa forma, Manuel Antonio Maldonado Gatica se salvó de ser ejecutado en dos oportunidades por los militares que recién tomaban el poder en Chile y que habían detenido a su padre y hermanos “sólo por ser de izquierda, por pretender hacer una sociedad más justa”.

El Estadio Nacional y los recintos y vehículos policiales y militares hoy son parte de su historia, la cual quedó escrita para siempre en su cuerpo y en su mente como testimonio de los horrores de una dictadura que gobernó con mano de hierro durante 17 años.

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