Juan Villoro Cruz Azul

 

Por ahí de 1966 mi padre me llevó a Jasso, Hidalgo, a un partido Cruz Azul-Guadalajara. Yo tenía entonces 10 años. Recuerdo que sólo había gradas en uno de los costados de la cancha. Desde ahí se podían ver las instalaciones del emporio fabril que patrocinaba al equipo. La cementera se alzaba como una mole futurista, rodeada de las casas pequeñas y bien cuidadas de los empleados. Un enclave del trabajo, donde las ganancias colectivas se usaban para meter goles.

Siempre dispuesto a entusiasmarse con una utopía de izquierda, mi padre admiraba a ese equipo que acababa de subir a primera división y era propiedad de una cooperativa.

Fuimos a Jasso a apoyar a los futbolistas de la clase obrera. Para perfeccionar la simbología, mi padre eligió un partido contra las Chivas, máximo representante del nacionalismo en la hierba.

Poco después, el Cruz Azul comenzó a jugar en el Estadio Azteca; en la temporada 1968-69 conquistó su primer título, y en la década de los setenta se convirtió en un portento que Ángel Fernández rebautizó como “La Máquina Celeste”. Fue ahí donde el defensa chileno Alberto Quintano demostró que la dureza no es enemiga de la elegancia, donde Fernando Bustos reinventó el arte del dribling y donde El Superman Marín convirtió la portería en un refugio tan inexpugnable que se metió el autogol más idiota de la historia para mostrar que sólo podía ser vencido por capricho.

Los niños que comenzaban a ver futbol entonces se encandilaron con la “máquina que pita y pita”. La pasión por la marea azul se generalizó en tal forma que hoy en día es el tercer equipo con más aficionados. Medio siglo bastó para que la escuadra se consolidara. En 1953, Guillermo Álvarez Macías asumió la presidencia del Consejo de Administración de la Cooperativa e impulsó en forma decisiva al equipo. Su muerte prematura, en 1976, dejó un hueco que sería llenado por su hijo, Guillermo Álvarez Cuevas.

Hasta aquí la historia del equipo azul es rosa. Sin embargo, medio siglo de vida obliga a revisar su trayectoria. Ahora que México es el hazmerreír de la Concacaf, zona sin la menor jerarquía futbolística, las esperanzas de ir a Brasil se depositan en dos ilusiones: el cambio de entrenador y el mejoramiento de la “actitud” de los jugadores.

Por desgracia, el futbol mexicano tiene fisuras mucho más hondas, y el Cruz Azul pone en evidencia varias de ellas. En 2004 me reuní con periodistas de Récord para analizar el futbol nacional. Todos coincidieron en mencionar al Cruz Azul como ejemplo del abuso económico: con el dinero de los cooperativistas, la directiva hace magníficos negocios y demuestra que en México las ganancias no dependen de obtener títulos sino de traspasar jugadores.

Pocos equipos han hecho traspasos más espectaculares. Por ahí han pasado jugadores internacionales como Lussenhoff, El Chelito Delgado, Emanuel Villa y Camoranesi (que sería campeón mundial con Italia en 2006). Entre los costosos fichajes nacionales se cuentan los de Jared Borgetti, Kikín Fonseca y Paco Palencia. No faltan, desde luego, las contrataciones enigmáticas, como la de Youssouf Fofana, de Costa de Marfil, que llegó al club a los 30 años, en una suerte de prejubilación.

El incesante intercambio de jugadores es la principal causa de inestabilidad del futbol mexicano. En los últimos tiempos, Cruz Azul se ha convertido en el equipo “ya merito”. Califica a la liguilla, está a punto de ganar y se derrumba. La cercanía a la meta y la caída posterior es el pretexto ideal para la compraventa de futbolistas. El problema es que cada operación altera un destino e impide los planes a largo plazo. Pero el mercado de piernas no se suspende porque las ganancias derivan de las comisiones que se llevan los interesados.

En 2010, Víctor Garcés fue separado de su cargo como director jurídico del Cruz Azul porque se le vinculó con un desfalco de 400 millones de dólares destinados a fichajes. Garcés trabajó durante 22 años en la institución. Su proceder no podía ser sorpresa al interior de las oficinas.

El pasado 14 de septiembre, la Cooperativa Cruz Azul publicó en un desplegado en el que menciona tres demandas presentadas desde 2010 contra la actual directiva por “robos”, “disposiciones de dineros”, “contratos para favorecer a determinadas personas” y “contrataciones abusivas”. De acuerdo con el desplegado, tres juzgados fallaron a favor de la Cooperativa, pero la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal ha impedido que las sentencias se lleven a efecto.

En su extensa relación de los hechos, la Cooperativa habla de presiones, detenciones y violencia en contra de quienes se han opuesto a la directiva del equipo. Es el más reciente acontecimiento de un club que refleja la esencia del futbol mexicano: un negocio que explota la pasión.

En las taquillas del Estadio Azul hay mendigos uniformados. Llevan la camiseta celeste y piden para “completar su boleto”. Explotan la solidaridad pero no entran al estadio. En nombre del futbol, sacan dinero. Son aprendices de directivos.

 
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