Un gol para el Libro de Récords Guinness

* Crónica de un jugador en el partido más largo del mundo

Por Alonso Sepúlveda. Colaborador

Santiago, 22 May (Notimex).- Nueve de la mañana. La alarma en el teléfono dice “volver a la cancha”. Mientras me visto recuerdo que la última vez que entré a un camarín de un estadio de futbol de primera división vistiendo “de corto” fue hace ocho años. Hoy, sin embargo, no lo hago como profesional sino como un aficionado que colocará un grano de arena para romper un récord mundial Guinness.

Desde el primer minuto me llamó la atención que la empresa de telecomunicaciones Entel se propusiera realizar un partido de futbol de 120 horas para que se convirtiera en el más largo del mundo. Los equipos blanco y azul (un símil de los archirrivales Colo Colo y Universidad de Chile) jugarían durante cinco días, día y noche, en el Estadio Municipal de La Florida, en la zona sur de Santiago.

Tras la inscripción de rigor, por internet, recibo una feliz noticia. Seré una de las mil 200 personas que se turnarán hasta este domingo para batir el récord Guinness vigente desde el año pasado, cuando en Inglaterra se jugó un partido de balompié de 105 horas continuas.

Recuerdo la primera y última vez que entré a una cancha de futbol profesional como si sólo hubieran pasado horas desde ese momento. Fue el 3 de octubre de 2007 cuando, con 15 años de edad y formado como centrocampista de Colo Colo, hice banca en el partido que jugó el cuadro popular ante Everton con 30 mil personas repletando el Estadio Monumental David Arellano. Era mi debut en primera división.

Esa vez entré al camarín, plagado de estrellas del futbol de ese año, como Humberto “Chupete” Suazo, con un bolso donde solo tenía mis utensilios de aseo. Me senté para ponerme el equipamiento dejado por el utilero en mi puesto. Calcetas (rajadas por una cábala que me enseñó el experimentado Rodrigo “Kalule” Meléndez), pantalones cortos, la camiseta “35” y los zapatos, más limpios que nunca.

Pero la mañana de este sábado 21 mayo el panorama fue diferente. El camarín del Estadio Municipal de La Florida, estaba vacío. Sólo este frío y húmedo recinto, mis recuerdos y el mismo bolso de 2007 con el equipo para participar en el récord del “Partido más largo de la historia”.

Mis calcetas estaban nuevas (ameritaba que así estuvieran por el honor de participar en un récord Guinness), pero las rasgué para continuar con esa antigua cábala. Me coloqué el short, los zapatos y esta vez la camiseta azul con el número “12”, muy diferente a la blanca “35” de mis amores que ocupé aquella tarde en el Monumental.

Ya estaba todo listo. Con emoción, decisión y gran expectativa me acerco a la mitad de la cancha, donde el asistente del árbitro del partido levanta la bandera a cuadros que simboliza una sustitución en el equipo azul.

“Cambio en el equipo azul, sale el jugador con la camiseta número 12 e ingresa el número 12”, se escucha por los altoparlantes de un estadio semivacío. Para cumplir con otra cábala futbolística, una herencia más de mi paso por Colo Colo, toco el césped con el pie derecho tres veces, dando saltitos, y ya estoy en el centro de la cancha, como en los viejos tiempos, como en aquella tarde de 2007.

Siempre me pregunté porqué no seguí jugando en otro club cuando me desecharon de Colo Colo, el club que me formó como futbolista. Nunca encontré respuesta. La única que me hacía mayor sentido era que no quería jugar en otro equipo que no fuera el de mis amores.

No conozco a ninguno de mis compañeros del equipo “azul”. Distingo a varios metros de distancia a uno bastante pasado en el peso ideal para jugar al futbol, otro de unos 70 años de edad y una mujer, una atractiva jugadora de unos 35 años que me sorprendió por sus deseos de jugar pese a que, seguramente, era la primera vez que pateaba un balón de futbol en una cancha profesional de pasto.

Y aquí estaba nuevamente yo, el pasto y el balón. El de este sábado parecía un partido normal. Todos corrían tras la pelota, con un cierto desorden, mientras yo esperaba mi oportunidad para tocarla por primera vez. Intenté dar un pase largo de 35 metros, pero no estaba como en los viejos tiempos y el balón se detuvo en la mitad.

Minutos después me volvieron a dar un pase. Con la pelota en mis pies recuerdo cuando, en mi calidad de “10” de las divisiones inferiores de Colo Colo, daba pases de memoria a mis compañeros. Ahora es diferente, porque no conozco a nadie, y rápidamente trato de pensar a quién le doy el pase… está el “viejito” y la mujer en buena posición, pero le cedo la pelota en profundidad a otro jugador que no alcanzó a conectar.

Avanzaba la hora y yo estaba cada vez más cansado. Los 20 kilogramos extras de peso en mi cuerpo y el cigarrillo parece que me pasan la cuenta. Sin embargo, tomo la pelota en la mitad de la cancha, me saco un defensor blanco en demanda del arco, pero el siguiente me la quita. Ya tendré otra oportunidad, pienso mientras miro al suelo en busca de una explicación del por qué no hice otra cosa.

En la jugada siguiente me entregan el balón 10 metros después del círculo central, tomo velocidad, le hago una finta a dos jugadores, avanzo cerca de 20 metros, llego hasta el borde del área mayor, le pego al balón con la pierna derecha, buscando el ángulo superior izquierdo del arco, y anoto un gol… si… en el partido que quedará en la historia como el más largo del mundo convierto un gol que grito junto a mis desconocidos compañeros como si fuera la final de la Copa del Mundo.

Para incrementar la emoción, por los altoparlantes se escucha “gol del equipo azul. El número 12, Alonso Sepúlveda”, mientras el público, una veintena de hinchas, me aplaude, como en los viejos tiempos, cuando tenía toda la ilusión adolescente de hacer una carrera profesional en el futbol. Tras el gol, mi aporte personal al récord mundial, se anuncia una nueva sustitución que acaba con mi participación en el “Partido más largo de la historia”.

Tomo mis cosas y me dirijo al camarín por un pasillo silencioso. Aún resuenan en mi cabeza los gritos de la hinchada de mi equipo gritando y alentando por una nueva victoria, mientras algunas personas me felicitan a mi paso. Abro la puerta del solitario camarín y comienzo a regresar lentamente a mi realidad de periodista. Por un momento volví a sentirme un jugador profesional, uno que esperaba convertirse en el mejor futbolista del mundo.

Me siento en el camarín por algunos minutos, me ducho y salgo de él por el mismo pasillo donde tantas veces vi a los periodistas, hoy mis compañeros de profesión, esperando por una entrevista con algún jugador. Camino solo, nadie me espera.

Mientras sigo pensando en los viejos tiempos, en la cancha el partido de 120 horas sigue. Los blancos caen frente a los azules por un marcador de 365 goles contra 404, uno de los cuales, con mucho orgullo y emoción, fue mío. Ya soy parte del récord mundial Guinness, algo que en parte cumple mi sueño de niño: entrar a la historia del futbol mundial.

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