Con pies descalzos y patineta, Juninho quiere que JO mejoren su barrio

Por Lorenzo Rodríguez Blancas. Enviado

Deodoro, Bra., 19 Ago (Notimex).- Es Juninho, un niño que no pasa los 13 años de edad y es una jiribilla con la patineta. Su rostro moreno es inocente, pero sabe que su localidad, es parte de la historia del deporte de Brasil porque tiene Juegos Olímpicos.

“Hay mucha gente, de muchas partes del mundo”, afirma con ese asentó portugués que apenas se entiende. Es rápido con las palabras como lo hace con aquella patineta, que ha sufrido el intenso trajín de varias horas en la calle.

Deodoro es un barrio pobre al oeste de Río de Janeiro, donde lo mucho que se ve son pequeñas casas sembradas en asentamientos irregulares y que su gente, como Juninho, quiere que con los Juegos Olímpicos su panorama mejore.

A dos horas de trayecto de la populosa, pero cosmopolita, Copacabana, Deodoro se abre al mundo con la ilusión de que los complejos deportivos construidos por la fiebre olímpica, sea para bien y que para niños y jóvenes tengan un espacio donde hacer deporte.

“Me gusta el futbol, pero ahora creo que también montar a caballo”, dice en alusión a la prueba de equitación del pentatlón moderno.

El sol pega a plomo sobre el cacarizo pavimento y él no tiene preocupación por sufrir una quemadura. Su charla es picara que contagia, mientras con sus sucias manos detiene su patineta.

Los aficionados que han acudido a las prueba de equitación, ciclismo BMX y remo, no pueden decir que esta alcaldía es turística para sus ojos, El famoso Pan de Azúcar no se alcanza a mirar, ni mucho menos el Cristo Redentor.

Esta localidad sólo puede ofrecer un panorama desolador y brinda un espectáculo pobre de aquellas pequeñas casas donde el sueño es bálsamo para el panorama.

Juninho, que tiene nombre como aquel apodo del futbolista Oswaldo Giroldo de la década de los 50, toma 10 reales que obtiene por la charla, por mostrar su inocencia y dejar que su mirada lleve a la esperanza en medio de la efervescencia de los Juegos Olímpicos.

Luego con los pies descalzos se marcha impulsado por esa desgastada patineta que lo acompaña en su barrio, alejado del bullicio de miles de turistas que invaden Copacabana.

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