Claudia García, madre, esposa y bombera en Ixtapaluca

Por Adamina Márquez Díaz

Ixtapaluca, Méx., 22 Ago (Notimex).- Sólo mide 1.55 metros y apenas pesa 60 kilos, pero eso no ha impedido a Claudia García Mendoza salvar la vida de miles de personas en situaciones de peligro, “no tengo tiempo para otra cosa, mi trabajo, mi vida, es ser rescatista, es ser bombero”.

Ella es especialista en urgencias médicas y una de las únicas tres mujeres que forman parte del cuerpo de bomberos del municipio de Ixtapaluca. Con 12 años de servicio ya es considerada una veterana y hoy lidera una de las células de rescate.

“Te podría contar muchas cosas, pero algo es seguro, el que se quiera dedicar a bombero debe de tener el don porque no todo mundo aguanta todas las situaciones por las que tenemos que pasar. Desgraciadamente nuestro trabajo es ver el dolor de la gente”, dice.

El suyo comenzó cuando tuvo que ver el dolor de su propia hija, la única. De bebé, su pequeña sufrió un accidente y ella no supo qué hacer. Luego, cuando el peligro había pasado, alguien le recomendó que tomara un curso de primero auxilios. Desde entonces anda con botas de bombero.

“Soy madre, esposa y también bombero. He aprendido a hacer todo al mismo tiempo, trabajo 24 horas aquí en la estación y luego trabajo 24 horas como ama de casa”.

Ahora ya no tiene miedo por su hija de 11 años, ella misma le ha ensañado a dar primeros auxilios. “Cuando un vecino ha tenido una emergencia rápido corren con mi hija porque saben que ella les puede ayudar, y si no puede, saben con quién acudir”.

Desde cubrir una hemorragia hasta cerrar la llave del gas, son las cosas que Claudia y su esposo han ensañado a su pequeña. Ya no tiene miedo porque la pequeña que un día la impulsó a convertirse en bombero es ahora, según sus propias palabras, una señorita independiente y autónoma.

“Es verdad que no tengo tiempo para nada más, a veces ni para ser madre porque el trabajo de bombero es muy demandante. Si hay una emergencia y nos llaman, tenemos que ir y cumplir con nuestro deber, dar auxilio a la ciudadanía, así que ella ha aprendido a valerse por sí misma”.

Y aunque se siente realizada como madre y como bombero, confiesa que su camino profesional ha sido todo un reto. “La verdad es que no fue fácil, me costó mucho trabajo sobre todo porque este –el de los bomberos– es un ambiente de hombres”.

Con el gesto serio cuenta que fue necesario demostrarle a sus compañeros que podía ser tan buena o mejor que ellos.

“Me decían, quieres igualdad, bueno aquí tienes igualdad y si quieres estar aquí, que te cueste, y si quieres esto, pues que te cueste. Me ponían a hacer actividades pesadas como ellos. Así que el trabajo fue siempre el mismo para ellos y para mí”.

¿Y cómo te impusiste?

“Nunca me quejé. Ya me lo decían cuando estaba estudiando para paramédico: si te estas quejando entonces no sirves para esto, aguántale. Y aguanté, tuve que hacer todo lo que ellos hacían: trabajos pesados, actividades que se podría pensar son sólo para hombres, pero yo lo hice”.

Y como sus compañeros varones, limpió drenes, ayudó a mover personas y muebles en inundaciones, levantó cuerpos productos de accidentes automovilísticos, ayudó en los traslados en zonas de difícil acceso. Todo lo que un bombero debe hacer, independientemente de su sexo.

“Al final uno se los va ganando, les va demostrando que sí puedes hacer las cosas tanto como ellos. Ahora tengo no sólo su reconocimiento sino también su respeto”.

¿Y nunca te quebraste? “Sí, pero no por lo que te imaginas”, aclara.

“Al principio, cuando apenas comenzaba, me dolía mucho, me podía mucho la gente, ver mujeres que habían sido violadas, habían sido golpeadas; ver gente que ultimaron, que le dieron el tiro de gracia, todo eso te va… bueno, son servicios que los trae uno siempre en la mente”.

Habla sin parar, aceleradamente, como si mil imágenes se le vinieran a la cabeza al mismo tiempo. Su rostro se torna grave, melancólico y con un dejo de tristeza, comienza a relatar el incidente que, afirma, la marcó más que ningún otro.

“Fue mi primera atención, un accidente en la carretera, atropellaron a una persona de la tercera edad. Cuando llegamos vimos que el señor tenía traumatismo ventilatorio, ó tenía el cráneo deshecho y seguía respirando, estaba vivo y, sin embargo, ya no podíamos hacer nada!”.

En ese momento Claudia tenía 20 años y acaba de egresar como técnico en urgencias médicas, pero la realidad no se detiene ni tiene piedad de nadie, por muy joven que ésta sea.

“No pude hacer nada, falleció sin que pudiera hacer nada, eso me impactó muchísimo, fue como un shock para mí. Mis compañeros más viejos me dijeron “tienes que aguantarte, no tienes que irte con ellos, así no les vas a ayudar”.

Ahora, con 12 años de experiencia, asegura enfática, “Tenían razón, debemos ir con la mete fría, en esos momentos uno tiene que ser el punto de apoyo y no una carga más para quien solicita el servicio”

¿Y yo que pensé que ser bombero significaba apagar fuegos? Se ríe. “Sí, es lo que piensa la mayoría, pero en realidad nos dedicamos a todo lo que salga, a todo el auxilio que la gente solicite, desde bajar el famoso gato del árbol hasta un incendio en una fábrica”.

En más de una década ha juntado tantas historias que podría llenar un libro, algunas anécdotas, la menos, para partirse de risa; otras, la gran mayoría, relatos oscuros, de los que dejan un gran pesar en el pecho luego de haberlos escuchado.

Pero nada de eso detiene a Claudia. “Dicen que aquel que pierde el miedo también pierde su servicio, así que vamos siempre con todo el miedo del mundo, pero con todo ese ánimo de hacer lo que nos gusta; es lo que el mundo espera de nosotros”.

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