Un campo de refugiados en donde el dolor y la rabia aumentan día a día

Por Luca Pistone. Enviado

Quíos, Grecia, 25 Jul (Notimex).- En poco tiempo la cola de la cena se va alargando en el patio. Mohamed Seif Al Jassem huyó de Alepo hace casi cinco meses. Muestra su plato: un puñado de arroz, algunos frijoles y una ala de pollo.

“Nunca hay suficiente -dice- ¿cómo podemos alimentarnos con tan poca comida?”. Son las ocho de la tarde en Souda, uno de los campos no oficiales para los inmigrantes, situado entre el mar y las antiguas fortificaciones bizantinas de la isla de Quíos.

El sol acaba de ponerse. Grupos de niños corren entre las tiendas de campaña. Algunas mujeres preparan el fuego para complementar la comida con algún pescado asado capturado cerca del puerto.

A pesar de que es un campo no oficial, Souda alberga todavía a un millar de inmigrantes. Son sobre todo familias sirias, pero también las hay originarias de Afganistán, Pakistán, Argelia, Etiopía y Eritrea.

Mohamed Seif, de 26 años, quien tiene una sonrisa en la cara y la rara habilidad de quitar hierro a todos los aspectos de la vida de un refugiado, se ofrece como guía del campo: “¿Ves esas tiendas de plástico? Cada una llega a albergar hasta 13 personas. Piensa que en todo Souda sólo hay dos puestos para recargar los aparatos eléctricos, sólo dos para mil personas”.

Y continúa: “Y a menudo cuando dejas cargando el teléfono te lo roban. Una vez un afgano le robó el teléfono a un sirio y se formó una pelea. Sucede a menudo. ¿Y la policía? Llegaron cuando todo había terminado. Increíble, ¿verdad?

“Y ¿qué decir de las duchas? Antes había sólo tres, ahora hay seis. Seis para mil personas. No puedes estar en la ducha más de un minuto porque ya te golpean en la puerta. Cuando mando fotos por WhatsApp a mi familia, me preguntan: “¿Pero qué te ha pasado? ¿Cómo has podido quedarte así?'”.

“La rabia aumenta día a día”, explica el joven sirio. “La burocracia griega es lentísima. Tenían que empezar a registrarnos hace más de un mes. No hacen más que posponerlo. Cuando te quedas bloqueado aquí uno, dos, tres meses, empiezas a perder la calma. Y cuando se te acaba el dinero ¿Cómo le haces para comprar cigarrillos? ¿Cómo le haces para irte? Tendrías que trabajar, pero no puedes porque eres un refugiado. Es un círculo vicioso, no hay manera de romperlo”.

Desde la playa de Souda, Turquía se ve a simple vista, en la distancia. El puerto de Cesme está a sólo 10 kilómetros por el mar. En Quíos, hasta hace unos meses, el flujo de llegadas era continuo. Después el acuerdo firmado en marzo entre la UE y Turquía lo ralentizó, pero nunca se acabó del todo. Los testimonios de los inmigrantes Souda coinciden en los precios de los traficantes turcos: de nueve mil a 15 mil pesos para un viaje en barca que dura aproximadamente una hora. En Turquía, si la policía te descubre, después del reconocimiento y la ficha, te liberan en los tres días siguientes.

Actualemente en Quíos siguen bloqueadas más de tres mil personas. Además de los miles que sobreviven en Souda, hay unas 300 personas acampadas en un teatro abandonado, en Dipethe. Después están los más de dos mil refugiados del ex hotspot de Vial, que se ha convertido en un centro de detención en todos los aspectos.

En mayo unos 40 refugiados comenzaron una huelga de hambre. Protestaban por las condiciones del campo y la escasez de información sobre los tiempos de asilo. Luego, en junio, se produjo un incendio. Varias tiendas de campaña ardieron.

Wassim Omar camina con sus tres hijos por el muelle de Souda. Es sirio: proviene de Al Ain Fijah, en la frontera con el Líbano. Fue uno de los promotores de la huelga de hambre. Se pone a un lado, para que no le oigan sus vecinos de tienda: “No nos fuimos de Siria para quedarnos bloqueados en una tienda de campaña en Grecia a merced de los traficantes”.

Y continúa: “Hay por lo menos tres tipos de traficantes que operan en Chios. Los que tienen dinero pueden irse a Atenas. Los que no tienen se quedan aquí. Un viaje para llegar a la capital cuesta entre 300 y 600 (entre seis mil y 12 mil pesos). Y luego hay una red de prostitución en los campos, gestionado por los traficantes”.

“Se trata de inmigrantes que van con mujeres griegas y de griegos que van con las mujeres inmigrantes. Con 50 euros (unos mil pesos) puedes pasar una noche en una pequeña pensión, después darte una buena ducha y volver al campo perfumado. Por último, algunos aseguran que hay también una red de tráfico de órganos. Que por un riñón se pagan hasta 10 mil euros (unos 200 mil pesos), que te sirven luego para el resto del viaje “. Los rumores, alimentados por un bloqueo forzado, se extienden, hasta el momento, sin confirmación.

Al final del recorrido por Souda, Mohamed Seif, que sueña con convertirse algún día en experto en energía solar, hace una serie de consideraciones, una especie de mantra que se repite en todos los campos de refugiados de la región:

“Siria era preciosa antes de la guerra, no era cara, la gente estaba bien. Pero después de la guerra… Ahora hay criminales, suníes, chiíes, Estado Islámico, Jabhat al-Nusra. Bashar al-Assad… ¿Dónde se puede escapar? Hay demasiados problemas. Necesitamos vivir, vivir como seres humanos, en libertad, guiados por un buen gobierno. Ahora mismo Europa se presenta como mi mejor opción. Pero cuando la guerra termine definitivamente, el primer hombre que volverá a Siria seré yo: el primero”.

También podría gustarte