Top 10: Frases célebres de Elena Poniatowska

Elena Poniatowska

Un día como hoy, pero de 1932, nace la escritora, activista y periodista mexicana Elena Poniatowska en París, Francia, cuya obra ha sido acreedora a numerosos premios, entre ellos el Premio Cervantes 2013.

Hija del príncipe Jean E. Poniatowski y de la mexicana Paula Amor, Elena Poniatowska emigró junto con su familia de Francia a México a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, a los 10 años de edad, al Distrito Federal.

Comenzó su carrera periodística en el periódico Excélsior. Algunas de las personalidades que entrevistaría durante su carrera serían la pintora María Izquierdo, el escritor Juan Rulfo, y la actriz Dolores del Río.

Entre sus obras más destacadas, que le dieron reconocimiento internacional se encuentran: Hasta no verte Jesús mío (1969), y especialmente con La noche de Tlatelolco (1971).

A continuación te presentamos 10 de sus frases más representativas:

1. El éxito es un ratito. Uno nunca consigue nada.

2. Una noche la soñé y tal como la soñé amaneció frente a mi puerta.

3. Para mí es una gracia aparecer como escritora, porque todo lo que yo he hecho lo sustento un poco en el periodismo.

4. Los amores tempranos son los que esperan en las esquinas para ver pasar y después irse a soñar. Son amores que no se tocan pero que se evocan mucho.

5. Yo he puesto mucho de mí en las novelas, entonces creo que puedo seguir haciéndolo en novelas. Uno va poniendo cachitos de lo que uno vive. De lo que uno experimenta.

6. Un anhelo común los aliaba: la lucha contra las injusticias. Al mezclarse en esa forma con la población, los estudiantes reafirmaban su fé en la causa por la que peleaban y se disponían con más bríos a trabajar para conseguir el triunfo.

7. Soy de la idea de que por haberme iniciado como periodista, voy a ser periodista hasta que me muera. Y debo decirle que para mí la decisión de dar el paso del periodismo a la literatura fue algo aterrador. ¡Cómo saltar encima de un precipicio y llegar al otro lado!

8. De pronto la miro y ya no está. Vuelvo a mirarla, la define su ausencia. Ha ido a unirse a lago que le da fuerza y no sé lo que es. No puedo seguirla, no entiendo hacia qué espacio invisible se ha dirigido, qué aire inefable la resguarda y la aísla; desde luego ya no está en el mundo y por más que manoteo no me ve, permanece siempre fuera de mi alcance. Sé que mi amor la sustenta, claro, pero su ausencia es sólo suya y en ella no tengo cabida.

9. Escribir en la soledad de mi cuarto, es algo que yo puedo hacer, pero organizar un acto en contra de alguien, darle una cachetada a alguien, me es absolutamente imposible. Supongo que eso se debe a mi formación y también al peso de la religión sobre mis hombros, pero sobre todo por mi formación. Yo tuve una educación muy severa y todavía me fijo en el cómo, no me imagino, no me veo a mí misma cometiendo cualquier acto de agresión. Seguramente, lo puedo hacer en la soledad de mi escritura.

10. En 1968 México fue joven y nos hizo jóvenes a todos. El movimiento estudiantil lo consigna. Fue la etapa más intensa de muchos años y, como van de apaciguadas las cosas, de muchas vidas. Algo se perdió irremediablemente en 1968 (la muerte es siempre irrecuperable), pero algo se ganó. Como lo escribe Carlos Monsiváis, una señora que ante la muerte de su hijo se pregunta qué va a hacer del resto de su vida, dice más que un millón de “La patria es primero”, “Los valientes no asesinan”, frases y apotegmas (“El respeto”…Bla-bla), y otras sentencias esculpidas en bronce para disfrute de la inmortalidad.